8M, Negocios Locales y el arte de la división infinita

Ayer fue el Día Internacional de la Mujer, una de esas fechas que, como toda buena idea, comenzó con un propósito claro y terminó convertida en otra demostración de cómo la política de la diversidad es una máquina que nunca deja de fragmentar. Porque si algo ha quedado claro es que en este juego no se trata de ganar derechos, sino de multiplicar identidades. Primero fueron las mujeres, luego las mujeres racializadas, luego las mujeres trans y ahora, en la última frontera del infinito identitario, las mujeres con sobrepeso exigiendo su lugar en el colectivo porque—y aquí viene el punto fascinante—no es suficiente con ser mujer; también hay que estar oprimida en la categoría correcta.
Antes se hablaba de brecha salarial; ahora se exige respeto al índice de grasa corporal. Antes se reclamaba igualdad de oportunidades; ahora se defiende el derecho a que la obesidad sea considerada una elección política. ¿Y quién se atrevería a cuestionarlo? ¿Quién osaría sugerir que tal vez, solo tal vez, la biología no es una construcción social? Lo interesante de este proceso no es cómo se multiplica, sino que no tiene final. Se sabe cómo empieza, pero nunca cómo termina. Cada grupo genera su subgrupo, cada subgrupo exige su cuota de representación, y el conflicto original se disuelve en una competencia por ver quién es más víctima que el resto.
Y no es solo un fenómeno del feminismo: la política de la diversidad ha hecho lo mismo con los negocios locales. Antes, si una tienda cerraba, su dueño tenía claro a quién culpar. Ahora, la quiebra es un asunto de "privilegios". Si eres mujer y cierras, la culpa es del patriarcado. Si eres inmigrante y prosperas, es porque "te conformas con menos". Si eres un empresario tradicional y no logras competir con los precios de Amazon, es porque eres un "rezagado" que no supo adaptarse. ¿Qué más da que Google cobre a los pequeños negocios un rescate cada vez más alto para que los encuentren en internet? ¿O que las tasas de interés sean un filtro social encubierto? No importa. Lo crucial es que los pequeños comerciantes se mantengan ocupados sospechando unos de otros, mientras los grandes jugadores siguen haciendo lo que mejor saben hacer: acumular poder sin que nadie los moleste.
La clave del éxito en este modelo es que ya no hace falta represión ni censura para controlar a los pequeños negocios. Basta con asegurarse de que nunca se reconozcan como un grupo con intereses comunes. Pero, ¿cómo lograrlo? Simple: fragmentándolos en categorías lo suficientemente enfrentadas como para que cualquier intento de organización sea una batalla perdida antes de empezar.
Identidad vs. Clase: El Disfraz Perfecto
Los negocios pequeños nunca fueron rivales para Amazon, pero sí podrían ser una amenaza si se organizaban en torno a algo tan primitivo como su propia supervivencia. Afortunadamente, la solución llegó sola: hacerles creer que sus diferencias eran más importantes que su precariedad compartida. Así, en vez de preguntarse por qué Google y Facebook han convertido la publicidad en un impuesto encubierto, muchos comerciantes han aprendido a preguntarse si el dueño de la tienda de enfrente tiene más privilegios que ellos. Mientras la guerra de identidades se juega en la cancha equivocada, la clase—esa cosa anticuada de la que hablaban los sindicalistas—ha sido cuidadosamente eliminada del debate.
Racismo Corporativo: La Diversidad como Cortina de Humo
Antes, el problema del acceso al crédito era evidente: si no tenías el apellido correcto o el contacto adecuado, no había préstamo. Ahora, la exclusión sigue intacta, pero maquillada con discursos progresistas. Nos repiten que el mundo financiero está cambiando porque hay más directivos racializados, más CEOs de minorías, más ejecutivos "comprometidos con la inclusión". Y mientras la prensa aplaude que Goldman Sachs ahora exige que haya al menos una mujer o una persona de color en la junta directiva de cualquier empresa que salga a la bolsa, los pequeños negocios—sin importar su raza, género o identidad—siguen teniendo exactamente las mismas probabilidades de obtener financiamiento que antes: casi nulas.
Tecnología como Barrera de Casta: No es Ignorancia, es Exclusión
¿No tienes un equipo de analítica de datos? ¿No sabes cómo manipular el algoritmo de TikTok? ¿No puedes pagar por posicionamiento en Google? Mala suerte. El clasismo de siempre ha encontrado su versión digital: ya no se mide por acento o vestimenta, sino por qué tan bien hablas el idioma de las plataformas tecnológicas. Y si no lo hablas, no existes. Claro que siempre habrá gurús del emprendimiento listos para explicarte que todo se trata de "ponerse al día" y "adaptarse al mercado". Pero no mencionarán que el acceso al conocimiento, al tráfico digital y a la publicidad ya no es libre, sino un juego de élites donde solo participan los que pueden pagar.
Racismo Financiero: No es que tu negocio no sea rentable, es que no hablas el idioma de las élites
Dicen que el dinero no tiene color, pero tiene oído. Y en las oficinas del crédito, no es lo mismo hablar de flujo de caja que de "capital semilla", de clientes que de "usuarios", de rentabilidad que de "escalabilidad". No importa si tu negocio lleva años funcionando y tiene más clientes fieles que la parroquia de un domingo: si no usas las palabras adecuadas, simplemente no existes.
El acceso al crédito, nos explican, es un asunto técnico, un cálculo de riesgo basado en indicadores objetivos. Claro. Y la fortuna de los multimillonarios es un reflejo de su esfuerzo. Nada que ver con el hecho de que los bancos solo prestan dinero a quienes ya lo tienen o a quienes parecen pertenecer al club correcto.
Un pequeño comerciante que paga religiosamente sus cuentas tiene menos posibilidades de acceder a financiamiento que un veinteañero con una presentación de PowerPoint y una foto en LinkedIn donde aparece con el blazer mal ajustado, pero con "visión". Uno puede mostrar balances, historial de ventas y proyecciones conservadoras; el otro solo necesita decir "disrupción" suficientes veces en un pitch de tres minutos. Y adivina quién se lleva el dinero.
La tasa de interés, ese número que supuestamente refleja el riesgo del deudor, parece funcionar con una lógica impecable: cuanto menos puedes pagarla, más alta te la cobran. Si eres un empresario local, te pedirán garantías, estados financieros y hasta muestras de sangre. Si eres una startup y tu papá es un empresario exitoso, te financiarán a pérdida solo porque tienes un nombre en inglés y un PowerPoint con tipografía futurista. Pero no hay sesgo, nos dicen. Son solo los "fundamentales del mercado".
Clasismo del Algoritmo: El Nuevo Club Exclusivo
Hubo una época en la que el clasismo era un asunto más simple. Un apellido, un colegio privado, una membresía en el club correcto, y la vida estaba resuelta. Pero la modernidad lo ha vuelto más sofisticado: ahora la pertenencia se define por un conjunto de reglas invisibles que determinan quién existe en internet y quién no. No hace falta que un banquero rechace tu solicitud de crédito con una sonrisa condescendiente; basta con que el algoritmo decida que tu negocio no es relevante.
Antes, si abrías una tienda en una calle transitada, al menos tenías una oportunidad. Ahora, si no pagas por publicidad digital, tu existencia es puramente anecdótica. Los anuncios de Facebook son como un impuesto encubierto: si no pagas, desapareces. Google no muestra los mejores productos, sino los que más invierten en su plataforma. Y en Amazon, el que controla la visibilidad no es el consumidor, sino el dueño de los márgenes.
Pero, nos dicen, el mercado es libre y cualquiera puede competir. Lo que no mencionan es que la competencia es una guerra donde las reglas se escriben en código, y donde los pequeños negocios están destinados a perder desde el principio. "Tienes que invertir en marketing digital", repiten los gurús con la seriedad de quien acaba de descubrir el fuego. Pero no mencionan que, para cuando termines de entender cómo funciona el sistema de anuncios de Meta, este ya habrá cambiado nuevamente, asegurándose de que siempre haya una barrera entre tú y tus clientes.
Por supuesto, todo esto es presentado con el tono neutro de la eficiencia tecnológica. No es clasismo, dicen, es "optimización del tráfico". No es manipulación, es "personalización de contenido". Pero el resultado es el mismo: si no tienes los recursos para comprar tu propio espacio en la red, no existes. Es la versión moderna de los clubes privados: no hay portero en la puerta, solo un algoritmo que decide que no eres lo suficientemente importante para ser visto.
Exclusión por Diseño: Reglas que Solo Aplican para Algunos
La igualdad ante la ley es una idea maravillosa, de esas que quedan bien en discursos y libros de historia. En la práctica, es mucho más eficiente asegurarse de que las reglas sean iguales, pero que no todos tengan que cumplirlas. Un pequeño comerciante conoce bien el juego: permisos, licencias, regulaciones, impuestos. Cada trámite es un obstáculo, cada requisito es un filtro. Pero no todos juegan con las mismas reglas.
Si tienes una tienda y decides alquilar un cuarto a turistas sin una licencia, recibirás una multa antes de que termines de poner las sábanas. Pero si eres Airbnb, podrás operar durante años sin pagar impuestos ni someterte a las regulaciones hoteleras, hasta que seas demasiado grande para ser regulado. Si tienes un restaurante, las inspecciones sanitarias pueden cerrarte por un papel mal pegado en la pared. Pero si eres Uber Eats, puedes vender comida de "cocinas fantasma" que nadie supervisa. Si vendes en tu local, pagarás impuestos. Si vendes en Amazon, la empresa encontrará la manera de evadirlos.
Pero no hay privilegios, nos dicen. Solo es "innovación".
El truco es sencillo: permitir que las grandes plataformas crezcan al margen de la ley hasta que dominen el mercado. Para cuando alguien intente regularlas, ya será demasiado tarde. No se trata de eficiencia ni de modernidad, sino de un viejo principio que ha regido el mundo desde siempre: las reglas solo existen para quienes no pueden pagarse el lujo de ignorarlas.
Y cuando un negocio local cierra, la historia se repite: no es por los impuestos asfixiantes, ni por la competencia desleal, ni por el monopolio de las plataformas. No. Es porque "no supo adaptarse".
Clusters, No Tribus
El problema nunca fue la diversidad. El problema es cómo se usó para asegurarse de que nadie, jamás, vuelva a organizarse en clusters con poder real. Porque si algo inquieta a quienes escriben las reglas del mercado, no es la protesta, ni la competencia, ni siquiera la disrupción: es la posibilidad de que los pequeños negocios entiendan que no están solos.
No es que las grandes plataformas, los bancos y los fondos de inversión sean más inteligentes. Es que, a diferencia de los negocios locales, ellos sí entendieron algo fundamental: la identidad es útil para diferenciarse, pero el poder solo se construye en bloque. Los bancos no discuten sobre inclusión, operan como un cluster. Las Big Tech no pierden tiempo en luchas internas, funcionan como un cluster. Los fondos de inversión no debaten sobre representación, defienden su cluster. Es una idea interesante, ¿no?
Quizás los pequeños negocios también podrían beneficiarse de algo así. No, no como protesta. No como una lucha de clases. No queremos que nadie se asuste. Pero tal vez, solo tal vez, podrían empezar a verse como un cluster económico, con intereses comunes, con capacidad de negociación, con fuerza suficiente para que su existencia no dependa de los caprichos de un algoritmo o de una tasa de interés. Algo discreto, sin hacer ruido, sin llamar la atención. Un simple cluster, como los demás.
Porque si algo ha quedado claro en los últimos años, es que las tribus se fragmentan, pero los clusters gobiernan.